
La pintura, en
Fernando Ureña Rib, nos deja entrever una fuerte carga de deleite,
de sensualidad y de placer. El oficio, hábil y
bien curado, va olvidando las teorías, la historia y la estética
aprehendida. Y la moralidad hipócrita, que niega la vitalidad
y preponderancia de la intuición, es echada a un lado y permite al
observador ir descubriendo un mundo interior, intuitivo y
propio en el que los sentidos se apoderan, no tan solo de las
untosas superficies, sino de las inquietantes imágenes que no
logramos identificar certeza en el ámbito de lo conocido.
Y la pasión, esa palabra que parece causar
horror a algunos , se desborda en los lienzos, obviando esa desdeñosa
percepción crítica. Para Ureña Rib esa placentera intensidad de las
formas no es pecaminosa ni infame, sino el aspecto más digno de la
naturaleza y de la existencia humanas.
Sus composiciones, visualmente orgánicas,
se sustentan de esa sensualidad poética y vital. Por supuesto,
los reiterados conceptos, del símbolo y del
signo, tan del gusto de los críticos contemporáneos, están presentes en estos lienzos.
Pero a medida que nos adentramos en las visiones del artista dejamos
de pensar en el oficio que moldea los claroscuros, en la intensidad
luminosa o en el color armónico y misterioso que surge de las
sombras y que seguimos en las palpitaciones, en las membranas, en
las superficies acuosas o bruñidas por el pincel que se mueve
libremente en la mano paciente y sabia del artista.
No solo se trata de un estudio de
relaciones cromáticas y luminosas. Lo que importa para Fernando
Ureña Rib no es que la composición haya sido sopesada, equilibrada y
guiada según la antigua cuadrícula de los viejos maestros. Lo
que verdaderamente cuenta es que estas pinturas estén impregnadas
de una serena y cautivante energía que trasciende la hermosa
realidad del objeto observado y busca, no ya las luces que discurren
por las superficies, sino la luz interior del espectador.
Así, las pinturas de Ureña Rib se sitúan
más allá de las modas y del momento y hurgan los espacios íntimos
del ser.
JOSÉ SALDAÑA
Periódico Hoy, Santo Domingo.